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Soy Ema Pokorná, asesora de alimentación macrobiótica.

Podría ponerte aquí un montón de definiciones sobre lo que es la macrobiótica pero prefiero contarte cómo llegué yo a ella. Así, quizás, es como mejor se entiende.

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EMA - Experience of macrobiotics

La nutrición me interesaba desde pequeña

Las cuestiones de nutrición y alimentación me interesaban desde pequeña porque mi madre y yo siempre estábamos en la lucha contra el sobrepeso. Tengo en mi mente grabada una foto del primer día del cole (a los 6 años) que encontré hace unos años, en la que tengo una buena papada y cara rellena, y me di cuenta de que la tendencia al sobrepeso me acompañaba desde bien pequeña. Mis ganas de comer eran difíciles de saciar, me gustaban sobre todos los dulces. No le prestaba mayor atención hasta que llegué a la adolescencia, cuando estas cuestiones se vuelven prioritarias para las chicas jóvenes.

Lo probé casi todo

Soy de la República Checa y con la revolución en 1989 entraban rápidamente nuevas tendencias. En casa llevábamos alimentación vegetariana. Recuerdo que en esa época me desaparecieron unos molestos eccemas en las manos, un gran avance, pero se ve que en el peso no hubo mucho cambio porque nuestros conocimientos eran superficiales y no sabíamos aplicarlos bien. Con la intención de perder varios kilos sobrantes, probé un sinfín de dietas – de la piña, de huevos, de fruta, zumos etc. Probaba ayunar y tanteé con el crudiveganismo. Además me pasaba horas haciendo ejercicio – gimnasio, spinning, aerobic, pilates, calanética (hoy ya nadie se acuerda de lo que era, jaja) etc. Todas las dietas terminaban con efecto rebote y lo único que conseguía era no engordar más…que no es poco, ya lo sé. Afortunadamente mi sobrepeso nunca ha sido extremo. Eran siempre unos kilos que sobraban pero también los antojos de dulces me perseguían.

La proteína animal al poder

Después de varios años terminé practicando la dieta proteica a raíz de que mi madre se hiciera socia de una famosa marca de batidos nutricionales. Y allí estaba yo tan ilusionada…los batidos estaban bastante buenos y rápidos de preparar. Salvo que con el tiempo parecía difícil de sostenerlo económicamente y había que acompañar los batidos con la ingesta de bastante proteína, eliminando casi por completo cualquier tipo de hidratos de carbono…porque engordan, claro!!! Recuerdo un día que me propuse a seguir las tablas al pie de la letra, teniendo que tomar unos gramos de proteína al día obligatoriamente. Para cumplir eso tenía que literalmente desayunar huevos, comer carne, merendar atún y cenar pescado. Ya el día siguiente viendo la lata de atún se me revolvió el estómago y mi cuerpo dio una clara señal de rechazo. Desde entonces lo intentaba llevar lo mejor posible, la cantidad de proteína no me daba nunca pero aun así en mis platos siempre había o carne, pescado, huevos o quesos. Eso sí, acompañados de bastante verdura, sobre todo ensaladas de tomate. A diario tomaba fruta, licuados, smoothies…si son sanísimos con todas las vitaminas que nos aportan! Aprendí a cocinar comida española con Carlos Arguiñano porque en sus platos tampoco faltaban casi nunca los productos animales. Me venía al pelo.

¿Y esto para siempre?

A pesar de mi dieta aparentemente sana, tenía que ir al gimnasio al menos 3 veces a la semana para mantener el peso, de perderlo ni hablamos. Mi temor siempre era… “ahora soy joven pero ¿cómo voy a estar a los treinta, cuarenta…cuando tenga hijos? No voy a poder ir al gimnasio tantas veces, no podré cuidar tan bien de mi alimentación, los embarazos, la edad…”. No podía imaginarme, si apenas mantenía mi peso entonces, con tanto esfuerzo, con veintipocos años, cómo estaría en el futuro…

La vida al revés

Otro desarreglo que tenía, aunque insignificante al lado de todo eso, es que era bastante friolera, que se acentuó mucho cuando vine a vivir a Murcia…para la sorpresa de muchos…pero eso es otra historia 🙂 Un día en la tele (hay veces que en la tele se pueden aprender cosas interesantes) escuché a una mujer que advertía no tomar en exceso ensaladas, fruta cruda, zumos y licuados en invierno, porque podríamos resfriarnos. Al contrario, recomendaba tomar sopas, crema de arroz integral para desayunar y reducir la cantidad de alimentos de origen animal. ¡Un shock! ¡Totalmente contrario a lo que yo hacía y creía saludable hasta ese momento! Pero me daba sentido…si tienes frío, ¡come sopa y no ensalada! Pues claro, eso es, ¡qué simple! Me compré su libro y fue un gran descubrimiento.

LA MACROBIÓTICA! Muchas cosas que leía me resultaban raras y lejanas…el miso, umeboshi, amasaké…pero por otro lado lo que ponía, era de sentido común. En los libros de hasta entonces siempre leía sobre las vitaminas, minerales, el azúcar, las harinas refinadas, las grasas saturadas, el colesterol etc. ¡Aquí no! Este libro hablaba de las estaciones del año, productos de temporada, los órganos, las emociones, el yin y el yang…todo ese enfoque era muy nuevo para mí y me intrigaba. En ese momento me resultaba increíble que pudiera descubrir todavía algo nuevo sobre la alimentación…¡si he leído mil libros!!! Y me río hoy…no tenía ni idea de todo el universo que se esconde detrás de la filosofía oriental de la macrobiótica, que me quedaba entonces y todavía me queda hoy, por descubrir.

Me puse las pilas

Empecé a poner lo aprendido en práctica. Escuchaba más mi cuerpo y obviamente se mostró totalmente opuesto a las ensaladas de tomate en invierno, al contrario disfrutaba de las contundentes sopas y guisos que empezaba a aprender a cocinar. Me hacía cremas de cereales para desayunar. ¡Por fin me sentía saciada hasta la hora de comer y no me sentía pesada!

Aunque…

Sin embargo, a pesar de ese descubrimiento, con la llegada de mis dos hijos y todo lo que conlleva, se iban difuminando estos nuevos conocimientos. La lactancia me ayudaba bastante a mantener mi peso y la preocupación por la alimentación fue desplazada por temas de embarazo – parto – crianza, aunque sin perder la base. Había dejado de comer ensaladas en invierno, preparaba las cremas de cereal para desayunar de vez en cuando, pero no dejé de comer carne y ni quesos. Y los dulces me seguían flipando.

Por fin llegó el momento

Un día hablando con una amiga sobre estos temas, me salió del alma una frase y luego me di cuenta que había verbalizado mi deseo que probablemente había estado escondido durante mucho tiempo. “Un día me gustaría estudiar algo relacionado con la alimentación.” Y me dio un clic. ¿Y por qué no? Aunque llevaba ya unos cuantos años trabajando, gran parte de mi vida laboral estaba por delente. Valoré estudiar el grado de nutrición, un máster en alimentación crudivegana, nutrición ortomolecular pero nada de esto cumplía mis expectativas. No quería estudiar sobre los nutrientes, estudios científicos, medir las cantidades de vitaminas etc. Yo quería algo holístico, o sea algo que mire al ser humano como a una entidad donde todo está interconectado: cuerpo – mente – espíritu. Y aquí la macrobiótica volvió a aparecer, esta vez en todo su potencial. Agradezco infinitamente que el anuncio de los cursos de macrobiótica del Instituto Macrobiótico de España, dirigido por Patricia Restrepo, llegó a mis manos. Supe enseguida que esto era lo que yo iba buscando y los estudios superaron mil veces lo que yo me imaginaba poder aprender allí.

¡Gracias, gracias, gracias!

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